La Cámara Estenopeica y yo
- Claudia Espinoza
- 21 may 2018
- 3 Min. de lectura
Cuando el profesor Jorge Aceituno nos planteó la construcción de una cámara estenopeica, a pesar de estar presente en clases, me distraje y empecé a recordar lo que paralelamente estaba estudiando en Historia de la fotografía, me remonté al inicio de la fotografía con Niepce y Daguerre, me sentí transportada en el tiempo hacia los años 1825-1840. Me imaginaba cargar esas cajas de 50 o 30 kilos, con sus pesadas placas metálicas, paseándome por los lugares históricos del centro de Santiago.
Cuando volví conscientemente a mi clase, me decía a mi misma que esta idea era descabellada, pues me intrigaba saber cuál era el sentido de fotografiar como en los viejos tiempos. Después entendí lo desafiante y misterioso que era vivir la experiencia que experimentaron los precursores de la fotografía. Asi que me dije: “sin miedo, tu puedes, no querías estudiar fotografía, debes comenzar desde su inicio para entender todo su proceso”.
Compre los materiales, y empecé a armar mi cámara con cuidado y sutileza, como si estuviera enmarcando un óleo de un famoso pintor. Una vez que forme mi caja de cartón, la pinte de negro. Le pegue una lámina de cobre en la tapa, a la que le hicimos un pequeño orificio con una fina aguja, la cual permitia que la luz entrara al interior de mi nueva creación, generando la magia detrás de este bello proceso, al fondo de la caja, instalé el marco negro, para que sujetara el papel fotosensible.
Llegó el día esperado de salir a terreno a probar la cámara, MI CAMARA. La ansiedad y los nervios conspiraban con el éxito esperado. Me preguntaba: ¿Cuanto es el tiempo de obturación? ¿Es lo mismo que el tiempo de exposición? Y me respondían si, se inicia cuando descubrimos el estenopo y termina cuando bloqueamos con la tapa deslizadora; pero la cantidad de tiempo depende de luz del dia. Era un dia de calor asi es que, vamos a probar con 1 minuto.
La primera imagen que capturé, es la del Mercado Central. Me ubiqué en el bandejón central, apoyé mi cámara sobre una piedra, para darle un poco de ángulo, y abrí lentamente la tapa deslizante, y esperé impacientemente, con el celular en la mano, y llena de nervios, que se cumpliera 1 minuto de exposición. Mientras el tiempo pasaba, casi podía sentir como los rayos solares quemaban el cloruro de plata del papel fotosensible, dejando la huella de mi primera imagen. Mi curiosidad me tentaba a abrir la caja para ver como el sol, cual lápiz laser, había grabado el edificio escogido.
Acto seguido fuimos al laboratorio, para proseguir con la hermosa experiencia del revelado, seguí con mucha expectación todo el proceso químico: revelado, baño de paro, fijador. Y vi nacer mi primer negativo. Tuve la misma felicidad cuando vi la ecografía de mi primer hijo, al que antes de nacer yo ya amaba.
Posterior a esto, seguí experimentando. Recuerdo llevarme con ilusión las cámaras cargadas a mi casa, preparada para experimentar y tomar negativos de mis hijos y del resto de mi familia. Era increíble como mi hijo menor no lograba entender como algo tan simple, como una caja, podía plasmar la realidad de forma tan verídica.
Por último, llegó el momento de positivar por contacto, poniendo ambos papeles y el vidrio bajo la potente luz, de modo que los blancos pasaran a negros y viceversa. Nuevamente, mientras revelaba el positivo, me mantenia espectante, no podía dejar de mirar como el papel se iba tiñendo justo al contrario del negativo. Fue simplemente sorprendente.
Desde entonces no he parado, y tampoco tengo intenciones de hacerlo. Quiero seguir practicando, aprendiendo y mejorando, para lograr entender completamente este fenómeno precioso de fotografiar.




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